17 de diciembre.
Tercer Domingo de Adviento

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PRIMERA LECTURA.

Lectura de la profecía de Sofonías 3, 14 18a

Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel; alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén.

El Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado a tus enemigos. El Señor será el rey de Israel, en medio de ti, y ya no temerás.

Aquel día dirán a Jerusalén:

«No temas, Sión, no desfallezcan tus manos. El Señor, tu Dios, en medio de ti, es un guerrero que salva. Él se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta.»

SALMO RESPONSORIAL. Is. 12.

Antífona: Gritad jubilosos: «Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel.»

El Señor es mi Dios y salvador: confiaré y no temeré,
porque mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación.
Y sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación.

Dad gracias al Señor, invocad su nombre,
contad a los pueblos sus hazañas,
proclamad que su nombre es excelso.

Tañed para el Señor, que hizo proezas, anunciadlas a toda la tierra;
gritad jubilosos, habitantes de Sión:
«Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel.»

SEGUNDA LECTURA.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 4, 4 7

Hermanos:

Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca.

Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios.

Y la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.

EVANGELIO.

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 3, 10-18

En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan: «¿Entonces, qué hacemos?»
Él contestó: «El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo.»

Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron: «Maestro, ¿qué hacemos nosotros?»

Él les contestó: «No exijáis más de lo establecido.»

Unos militares le preguntaron: «¿Qué hacemos nosotros?»

Él les contestó: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie, sino contentaos con la paga.»

El pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego; tiene en la mano el bieldo para aventar su parva y reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga.»

Añadiendo otras muchas cosas, exhortaba al pueblo y le anunciaba el Evangelio.

Comentario a la Palabra

“Os lo repito, estad alegres”

Las palabras que hemos proclamado hoy en la segunda lectura fueron escritas por San Pablo desde la prisión.

La comunidad cristiana de Filipos había enviado a uno de sus jóvenes, Epafrodito, para asistir a Pablo en la difícil situación que estaba atravesando. Probablemente, este mismo Epafrodito lleva en su viaje de regreso “La Carta a los Filipenses”, en la que Pablo agradece el apoyo afectivo y la ayuda material que esta comunidad le había prestado.

Es quizás la carta más cariñosa escrita por el Apóstol, en ella, dice a sus queridos amigos de Filipos: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres”.

No son palabras de un hombre sano y fuerte, a quien todo le va bien, de alguien que lo tiene todo para ser feliz, sino de una persona anciana y en prisión, que no sabe si va a salir con vida de aquella prueba, pero a quien sus enemigos no han podido arrancarle la alegría.

No se trata de la sonrisa que anuncia un dentífrico, ni de una euforia químicamente asistida. ¿De dónde le viene a Pablo esta alegría?

El Tercer Domingo de Adviento es conocido también como “el Domingo de Gaudete”, es decir, el Domingo del “alégrate”. La fiesta de la navidad casi se puede sentir, y aunque envueltos aún en la noche, hasta el temblor que provoca el frío viene cargado de vibraciones. La Navidad se presiente:

“Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel
alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén”

Pues Dios viene a desalojar tus miedos, a levantar las pesadas losas de la culpa y los resentimientos, a acabar para siempre con el desánimo, a remover de ti lo que te impide acceder a las fuentes de la alegría.

En esta atmósfera de alegría y fiesta a la que la misma liturgia parece invitarnos, la figura adusta de San Juan Bautista parece como fuera de lugar.

Además, su forma de hablarnos de Jesús nos resulta inquietante: “Él tiene en la mano el bieldo para aventar su parva y reunir su trigo en el granero”.

Son palabras que suenan un tanto esotéricas para los que no hemos nacido en el medio rural. Tras la cosecha, el trigo es puesto bajo el trillo que lo machaca, después, el agricultor lanza al aire la mezcla de paja y grano, el viento se lleva la paja y el grano cae formando el montón que dará sustento a la familia durante el siguiente año.

Juan no es un aguafiestas: Nos dice que Cristo viene a separar en nosotros la paja del grano, lo auténtico de lo que no tiene consistencia. ¡Qué buena noticia! ¡Por fin podré reconocer lo auténtico en mí, liberarme de la paja que enmascara mi verdadero ser!

Juan llama a todos a prepararse para esta venida de Cristo, que viene a descubrir a cada persona la bondad que esconde su corazón, nadie está excluido.

Los militares al servicio de los romanos invasores tenían la misma popularidad en Israel que hoy los marines americanos en Iraq. A estos hombres rechazados por el pueblo, Juan no les pide nada imposible o especialmente difícil, como sería abandonar su oficio, les dice: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie, sino contentaos con la paga.».

Los publicanos eran otro grupo odiado por la población. El Imperio Romano no tenía una Agencia Tributaria, esta función del estado estaba privatizada (espero no estar dando ideas). La colecta de los impuestos de una región se subastaba al mejor postor, el empresario que se había hecho con la concesión exprimía lo más posible a los contribuyentes, pues su ganancia consistía en el margen que le quedaba tras abonar al estado la suma acordada. Juan les dice: «No exijáis más de lo establecido.»

Y al resto de la gente, buena y honesta, les dice “Compartid”: En aquella sociedad, la mayor parte de las personas sólo tenían una pieza de ropa, la que llevaban puesta. Una segunda túnica se entendía como un lujo innecesario. «El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo.»

Para Juan, estas son cosas de sentido común: dejar los comportamientos corruptos y destructivos y compartir lo que no usamos con los que lo necesitan.

Pero la gente que rodeaba a Juan se quedó tan impresionada por sus palabras y, sobre todo, por su modo de vida, que se preguntaban si es él era el Mesías.

El Bautista les dice que lo que él predica y vive es sólo “agua”, puro sentido común, mero entrenamiento y purificación para lo que está por venir. Cuando llegue el Cristo conocerán “el fuego y el Espíritu Santo”.

En un lenguaje más macarra diría: “Tíos, esto es un trailer, cuando venga el Cristo vais a alucinar”

Y Ciertamente. Lo que está por venir es algo que ni el judaísmo ni ninguna otra tradición religiosa se había atrevido a imaginar: Dios, el Creador del Universo, el Ser sobre todo Ser, aparece sobre las pajas de un pesebre, como un niño vulnerable.

Dios, cuyo deseo mueve el Universo, se ha hecho uno de nosotros: Él viene a animar una fiesta en el corazón de la familia humana