15 de junio.
Domingo XI del Tiempo Ordinario

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PRIMERA LECTURA

Lectura del libro del Éxodo 19, 2-6a.

En aquellos días, los israelitas llegaron al desierto del Sinaí y acamparon allí, frente al monte.

Moisés subió hacia Dios.  El Señor lo llamó desde el monte, diciendo: «Así dirás a la casa de Jacob, y esto anunciarás a los israelitas: ‘Ya habéis visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo a vosotros os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí.  Ahora, pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra; seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa’».

SALMO RESPONSORIAL.  Salmo 88.

Antífona: Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría.
Entrad en su presencia con vítores.

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

El Señor es bueno, su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.

SEGUNDA LECTURA. 

Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos 5, 6-11.

Hermanos:

Cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros.

¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos del castigo! Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida!

Y no sólo eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación.

EVANGELIO. 

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 9, 36—10, 8.

En aquel tiempo, al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor.  Entonces dijo a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.»

Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia.

Éstos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el Celote, y Judas Iscariote, el que lo entregó.

A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: «No vayáis a tierra de gentiles, ni entréis en las ciudades de Samaria, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca.  Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios.  Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis.»

Comentario a la Palabra:

“Lo que habéis recibido gratis,
dadlo gratis”

Doce tenían que ser los apóstoles, como doce eran las tribus de Israel. El modesto predicador de Nazaret hace por una vez un gesto de proporciones bíblicas: Re-fundar el pueblo de Dios sobre doce nuevos pilares. Grandioso, eso sí, sólo en el simbolismo numérico, porque los doce elegidos no son precisamente la élite social, más bien pobres pescadores y campesinos, un cobrador de impuestos, y hasta uno que será el traidor.

En su programa, Jesús no insiste demasiado en el aspecto doctrinal: “Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios”. Se trata de liberar de los males concretos que aquejan a aquellos a los  que son enviados. Y añade: “Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis”.

Los cristianos de hoy somos también enviados a expresar en nuestro mundo la compasión de Dios. Nuestra misión, como la de los doce es liberar a los que sufren las esclavitudes que atenazan el desarrollo pleno de los humanos. Algunas de estas esclavitudes son nuevas, otras resultan ser desesperantemente viejas como el hambre, enfermedades cuya cura se ha descubierto hace décadas, la injusticia.

La huelga  de esta semana nos ha hecho especialmente conscientes de lo compleja que es nuestra sociedad, de lo complicado que es que las cosas funcionen: desde las fábricas de coches hasta la tienda de ultramarinos de la esquina. Hay mucha gente que a diario hace bien su trabajo para que cada día podamos disfrutar de los “bienes” que damos por supuesto que deben estar ahí, siempre disponibles.

Los cristianos no somos los únicos que hacemos el bien, mucha gente contribuye con su buen hacer para que la maquinaria social no se detenga. ¿Entonces qué es lo que aportamos los creyentes? Desde luego lo nuestro no es hacer milagros, como limpiar leprosos o resucitar muertos. Y desde que los demonios abandonaron su terrible oficio de poseer a gente y optaron por el mucho más lucrativo negocio de la especulación en los mercados internacionales, eso de los exorcismos no tiene tanta demanda.
¿Cuál es entonces la aportación del evangelio?

Los expertos enseñan que la primera ley de la economía es “There is no free lunch”. No hay comida gratis. Si te regalan algo es porque alguien ha pagado por ello y con alguna intención. No hay que ser ingenuos y buscar el truco que esconde.

Un amigo mío me dijo muy contento que un periódico nacional de gran tirada regala ordenadores a cambio de cupones que se pueden recordar gratuitamente en los ejemplares diarios. Leyendo la letra pequeña uno se da cuenta de que quien acuda a la oferta terminará pagando más del doble de lo que vale en realidad el artilugio.

En el mundo del nada es gratis la propuesta revolucionaria del evangelio es redescubrir la gratuidad. Es proclamar que la vida la hemos recibido gratis y lo que hace que merezca la pena ser vivida, también lo recibimos gratis.

Nuestra sociedad hace un gran trabajo enseñándonos a ser buenos competidores y buenos consumidores, pero ninguna de esas dos habilidades nos introduce en lo verdaderamente valioso de la vida.

Porque si es verdad que necesitamos consumir y trabajar, no lo es menos que hemos sido creados para algo más. Existe aquello que ni se compra ni se vende. Está ahí para ser contemplado, agradecido, amado, venerado. Es lo precioso, lo que no tiene precio.

Jesús nos invita a sumergirnos en una corriente que nos transforma interiormente y transforma nuestras relaciones: “Dad gratis lo que habéis recibido gratis”. Nos descubre un dinamismo que es el pulso más profundo de la Creación.

¡Un nuevo pueblo basado en nuevas relaciones! Eso es la Iglesia en su esencia, el pueblo que Jesús fundó sobre esos doce pilares, los apóstoles.

El Cardenal Martini, que escribe estos días con una libertad inusitada en los hombres de Iglesia, ha hablado para denunciar el “carrierismo” que motiva la conducta de muchos clérigos, las calumnias y las envidias que provoca la carrera hacia los puestos más altos en la jerarquía. ¡Qué triste Iglesia si sus ministros no son capaces de dar gratis lo que gratis han recibido!

Pero tenemos también el ejemplo de tantos voluntarios y voluntarias que dan gratis su tiempo, su creatividad y sus energías para hacer posible pequeños gestos de ternura, de promoción humana, de justicia. De padres y madres de familia, y sí también de sacerdotes y religiosas, que dan gratis su cuidado y su vida. Ellos son los que mantienen ese tejido de gratuidad que es el alma de la Iglesia.