30 de noviembre.
Primer Domingo de Adviento

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PRIMERA LECTURA.

Lectura del libro de Isaías 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7.

Tú, Señor, eres nuestro padre, tu nombre de siempre es «Nuestro redentor».

Señor, ¿por qué nos extravías de tus caminos y endureces nuestro corazón para que no te tema? Vuélvete, por amor a tus siervos y a las tribus de tu heredad.

¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia!  Bajaste, y los montes se derritieron con tu presencia.

Jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en él.
Sales al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de tus caminos.

Estabas airado, y nosotros fracasamos: aparta nuestras culpas, y seremos salvos.
Todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado; todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento.

Nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti; pues nos ocultabas tu rostro y nos entregabas en poder de nuestra culpa. Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano.

SALMO RESPONSORIAL. Salmo 79.

Antífona: Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.

Pastor de Israel, escucha, tú que te sientas sobre querubines, resplandece. 
Despierta tu poder y ven a salvarnos.

Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate,
ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó, y que tú hiciste vigorosa.

Que tu mano proteja a tu escogido, al hombre que tú fortaleciste. 
No nos alejaremos de ti; danos vida, para que invoquemos tu nombre.

SEGUNDA LECTURA.

Lectura de la primera carta del apóstol San Pablo a los Corintios, 1, 3-9.

Hermanos:

La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros. En mi acción de gracias a Dios os tengo siempre presentes, por la gracia que Dios os ha dado en Cristo Jesús. Pues por él habéis sido enriquecidos en todo: en el hablar y en el saber; porque en vosotros se ha probado el testimonio de Cristo. De hecho, no carecéis de ningún don, vosotros que aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Él os mantendrá firmes hasta el final, para que no tengan de qué acusaros en el día de Jesucristo, Señor nuestro. Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo, Jesucristo, Señor nuestro.  ¡Y él es fiel!

EVANGELIO.

Lectura del santo Evangelio según San Marcos 13, 33-37.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejó su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!»

Comentario a la Palabra:


¡Atentos!

“¡Velad!” es el mensaje del evangelio en este comienzo de Adviento.

La parábola de hoy nos habla de un señor que antes de marcharse de viaje organiza las actividades de sus empleados para el tiempo de su ausencia. A cada uno, según su cargo, le corresponde una tarea que realizar: el administrador deberá ocuparse de las cuentas; la cocinera, de los pucheros; los encargados de la limpieza, de que todo esté en perfecto orden.

La figura con la que Jesús quiere que nos identifiquemos no es ninguna de estas: Nuestro oficio es el de portero. Para ocupar este puesto no hace falta una formación especial. Su único cometido es estar atento para abrir la puerta cuando llegue el señor.

Y digo yo, ¿no podía este señor decidir de antemano la hora de su regreso para que el portero pueda organizar su jornada como cualquier trabajador? O si es que tiene una agenda del todo imprevisible, podría al menos instalar un timbre en su casa, para que al llegar despierte al portero y éste no tenga que velar toda la noche.

Obviamente, el mensaje de la parábola apunta en otra dirección.

La palabra “espera” está ligada para nosotros a la experiencia de tiempo muerto. Esperamos en las colas de los supermercados, de los bancos, del autobús. En las salas de espera de los médicos. En las colas del paro. Uno se imagina que la gente guapa, los vips, no esperan; seguro que otros esperan por ellos. Al fin y al cabo, su tiempo es muy valioso. Espera aquel cuyo tiempo vale menos, en algunos casos, nada en absoluto.

¿Y qué hacemos mientras esperamos? Bueno, parece que eso importa poco, pues se trata de matar el tiempo, dejar que pase sin angustiarnos, entretenidos, aburriéndonos lo menos posible. Lo único que importa es que llegue pronto tu turno. El único objetivo de esta espera es dejar de esperar.

No es así como Jesús quiere que esperemos su venida. Esperar para Jesús no es huir del presente sino todo lo contrario: acogerlo como el lugar donde Dios se revela. La espera que pide de nosotros no es matar el tiempo, sino habitar en el presente.

El Adviento no es una cuenta atrás de cuatro semanas, un tiempo medido que desfila ante nosotros con la precisión de un cronómetro. Es atención mantenida de quien se vacía para hacer espacio a lo inesperado: “al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer”. ¡Atentos!

Cuando era niño me decían que en Adviento debíamos limpiar el cuarto de nuestra alma para poder acoger en él al Niño Jesús. Yo podía entender muy bien estas palabras porque solía tener mi cuarto hecho una leonera (¡bueno y aún lo tengo!) Pero leyendo a Isaías en la primera lectura de hoy, descubro que no soy el único. Él también tenía su vida hecha un lío.

El texto mismo que hemos proclamado es de por sí bastante caótico. El profeta empieza muy modosito diciéndole a Dios que es nuestro padre y redentor, pero a renglón seguido le echa la culpa de su propio endurecimiento: “Señor, ¿por qué nos extravías de tus caminos y endureces nuestro corazón?”

“¡Pero qué cara tienes, Isaías!”, le contestó seguramente Dios, aunque no haya quedado constancia en el texto bíblico. Tanto el antiguo Israel como nosotros somos perfectamente capaces de extraviarnos solitos. Pero una vez que la culpa ha desencadenado su poder, ¡qué difícil resulta volver a confiar!

Isaías es plenamente consciente de que su casa es un caos, pero no espera a tenerla en orden para dirigirse a Dios. Ni siquiera espera un segundo (o en términos bíblicos, un versículo) para poner toda su confianza en el Señor: “Tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano”

Esta es la espera de la que nos habla Jesús, la que consiste precisamente en no demorarnos. Puedes ponerte a la espera ya. Como al portero de la parábola no se te pide un título especial, no tienes que barrer tu casa o preparar la cena. Sólo estate atento, presente al presente.

La puerta de entrada a la vida interior es la atención.

Jesús Resucitado dice: “He aquí que estoy a la puerta y llamo, si alguno me abre, entraré a él y cenaré con él y él conmigo” (Apocalipsis 3,20).

Oír la llamada y abrir; acoger al huésped y compartir la cena. Lo único que se nos pide estar atentos.

¿Pero atentos a qué?

Atentos al silencio que subyace bajo el ruido de las cosas, bajo el ruido de mis pensamientos.

Atentos a las personas que me rodean, a la “palabra” que son, más allá de sus palabras y sus gestos, a veces malhumorados.

Atentos a la belleza de la creación, perceptible aún en la gran ciudad como Madrid, donde la luz del otoño despierta amarillos que nos hacen callar.

Atentos a los que sufren, porque ellos son la presencia de Jesús entre nosotros: los que pasan hambre, los que necesitan ropa, los que carecen de educación o de afecto… “mis humildes hermanos y hermanas”

No te demores un instante, ¡ponte a la espera!